¿Pasillo o escalera de caracol?
Acabo de descubrir que para conocer una ciudad debemos de contar los pasos que damos y ahora lo hago cada vez que salgo, cuando estoy en casa no es necesario porque ya conozco las distancias y porque los espacios pequeños raramente permiten la improvisación, para ir al baño por ejemplo, forzosamente tengo que salir de mi habitación y cruzar un pasillo pavoroso lleno de telarañas, de cucarachas y de moscas, 12 pasos exactamente son los que separan a mi habitación del baño, bueno casi siempre porque si me despierto a mitad de la noche son 8 o hasta 6, la verdad ya no me acuerdo, odio a ese pasillo con todo mi alma, odio cada uno de los azulejos color piel quemada, odio a ese pasillo desde que lo conocí, menos mal que el odio es mutuo; lo he escuchado hablar mal de mí con los cuadros y con las lámparas y lo peor de todo es que no lo puedo ignorar, ojalá pudiera elegir un puente, un ascensor o una cuerda floja entre mi habitación y el baño pero eso es tan imposible como estornudar con los ojos abiertos, aunque ahora que lo pienso bien hay una manera de prescindir del pasillo, a continuación el complicado procedimiento: tendría que salir al patio, poner la escalera para subir del primer piso a la azotea y una vez arriba, llamar a mi vecina, pedirle que ponga la escalera hasta su patio, bajar la vieja escalera con muchísimo cuidado, darle las gracias e inventarle una explicación que justifique mi extraño comportamiento, salir a la calle y ocho pasos después abrir la puerta de mi casa, cruzar la cámara oscura de mi sala para finalmente encontrarme con la escalera de caracol.
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