La oreja del ruso.

¿Qué te pasó en la oreja? le preguntaba el pueblo entero al ruso todos los días, y cuando me refiero al pueblo entero me refiero a los 324 habitantes de San Gabriel: la maestra, los compañeros de clase, la vecina chismosa, la vecina que no lo es, el alcalde, la esposa del alcalde, los hijos del alcalde, la sirvienta del alcalde, todos.

Incluso miembros de su propia familia no se cansaban de hacerle la misma pregunta una y otra vez. Sus primos de Durango que iban al pueblo todos los años siempre le pregunta al pobre ruso sobre el estado de su oreja haciendo gestos tan diversos que el ruso nunca pudo interpretar del todo. Parece ser que se les olvida mi respuesta al cabo de un año, pensaba el ruso. A veces, incluso antes de saludar le preguntaban por el estado de su oreja y esperaban invariablemente una respuesta con una paciencia por demás sospechosa y extraña. El ruso al principio les explicaba los pormenores del accidente con santo y seña pero luego optó por responder siempre algo distinto: que fue un descuido de la madre, que había sido culpa de la abuela, que la culpa era de ambas, que había sido jugando, que fue trabajando, que era la cicatriz de una pelea, de una golpiza, de un martirio.

Total, su vida entera giraba en torno a una oreja.

No hay comentarios: