Ya había estado antes en el país de los relojeros y por ende de la puntualidad, de los bancos y por ende de la estabilidad económica pero sólo de paso. Dos años antes había visitado la ciudad fronteriza de Basilea que me pareció interesante por el hecho de ser el punto de encuentro de tres países. Cuando estuve en Basilea en aquel viaje, había comido en Francia, cenado en Alemania y dormido en Suiza.
Esta vez, las tres comidas habían sido en la misma ciudad y las causas que habían originado el viaje eran otras.
Un lago enorme enmarcaba la ciudad
que no era ni grande ni chica
en la que el clima cambiaba como yo de ánimo:
repentinamente y sin avisar.
A veces soleado, a veces nevaba, a veces llovía.


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