Aquél día, había llegado a la escuela con mis crayolas nuevas, y al preguntarle a Arturo qué le había traído el niño Dios, me había respondido con el seño fruncido e indiferente: Eres un idiota, no puedo creer que sigas creyendo en esa historia tan estúpida, no existe el niño Dios, no existe nada, no existe el cielo, ni los ángeles, cuando te mueres te mueres y ya, son nuestros padres los que nos ponen los regalos.
Yo no quería creerle, pero algo me decía que tenía razón. Al llegar a casa y después de contarle a mis padres lo que me había sucedido en la escuela, mi madre que siempre se enojaba con esos incrédulos que llamaba "ateos" con una cara pálida y de aburrimiento sólo me dijo: Tu compañero Arturo tiene razón, en algún momento ibas a dejar de creer y cuidado que le digas algo de esto a tus hermanos, te lo advierto: "Ni una palabra".
La navidad del siguiente año ya no fue lo mismo, ya no me importaban esas fechas, ya no había magia, lo malo fue que tuve que seguir fingiendo esa emoción tan grande cuando se llegaba diciembre y empezaban las primeras posadas, lo hice hasta que mi último hermano también dejó de creer.
La magia se había ido, se había ido con nuestra infancia, que desgraciados eramos.


1 comentario:
Hola Ramón:
A mi me paso algo muy parecido, solo que quien me lo dijo fue mi padre, y si fui muy desgraciado, pero cuando mi hija de 10 años me pregunto si existía el niño Dios, se me vino el mundo encima y ahí me di cuenta que si existe, porque si no creyéramos en él no se darían las cosas para que pudiéramos seguir adelante, y que todavía se siguiera creyendo el él, él esta en el trabajo, en la salud, en la posibilidad de creer en él aunque sea cada año.
SALUDOS.
OSCAR IBARRA
oscaribarrac@hotmail.com
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