Al abrir la puerta ninguna señal de alarma apareció; la gente siguió conversando con normalidad, era como abrir la ventana de mi habitación.
Una vez que pisaba, -debo admitir-, con un poco de temor el ala derecha del avión llamé a gritos a la azafata para que me llevara un jugo de manzana pero lo único que obtuve fue un gesto reprobatorio y la orden de regresar a mi asiento.
- No pienso entrar, le dije. Estoy harto de usted y de la comida barata, estoy harto de esos diminutos asientos pensados para niños o para enanos, estoy harto de mi compañero de al lado que ronca, incluso más alto que yo, del gordo del 8 A que me molesta frecuentemente para ir al baño, de la pareja de recién casados que no paran de besarse y de intercambiar cursilerías, de las señoras chinas de enfrente que no dejan de hablar y que para colmo, ni me entero de lo que dicen, estoy harto del bebé que llora sin descanso en la fila 5, estoy harto de la cola que hay para ir al baño. Estoy harto de... y la lista seguía.
Luego entendí que debía de abandonar el avión. - y lo hice.
[salto al vacío, encuentro con la nada, caída libre, viaje vertical]
Mi caída fue amortiguada por miles de colchones rellenos; algunos de aire, otros de agua, se trataba de algodones gigantes, un mar danzante, una alfombra de terciopelo blanco y suave, un lecho perfecto, todo debe ser obra de mi imaginación - pensé, y justo en ese momento comencé a ver que el algodón desaparecía, pensé que no tardarían en llegar las imágenes de los momentos más representativos de mi vida como una película a cámara rápida ante mis ojos. Decidí cerrar los ojos y consciente de que sería mi último pensamiento, imaginé que el inmenso mar al que me dirigía no era mas que otra alfombra de algodones.
Y la alfombra apareció.
Me agobiaba pensar que de buenas a primeras apareciera sentado otra vez en el avión entre aquella multitud enfurecida, había hablado muy mal de ellos y sin duda se encargarían de echarme del avión y seguramente hay cocodrilos, tiburones y pirañas en ese mar de algodón.


2 comentarios:
Me proyecté diez veces.
Nunca olvidaré a ese Pakistán que no me dejaba ni respirar, me sentí egoísta porque siempre había pensado en mi comodidad en el avión, pero nunca en las personas que miden 2 metros (sin ofender).
Puedo inferir entonces que si algún día cruzamos el Atlántico o el Pacífico en el mismo avión, tú también pedirás ventana. En fin, no te preocupes, platicaremos a través del resultado que dos vasos y un cuerda provocan al impacto.
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