Acordaron finalmente verse en un pequeño café, uno de esos cafés con sillas incómodas que la gente conoce comúnmente como "equipales".
Joaquín había perdido una vez más, conocía la red y sabía que era difícil zafarse. Dos horas bastaron para darse cuenta de su estado: enamorado, perdidamente enamorado.


No hay comentarios:
Publicar un comentario