egoísta e insolente eras
y escondido siempre estabas
pues no querías arder en la hoguera.
Por tu imagen te conservaron,
viviste gracias a ella.
Por tu hermosura narciso
perdonaban todos tu soberbia.
Los que te visitaron no me dejarán mentir
pues aunque pocos, espejo tuyo eran.
Buscabas paciente tu reflejo en ellos
y al encontrarlo, feliz eras.
Te convertiste en prisionero en tu propia casa
y cada vez más viejo y más enfermo
fuiste perdiendo tu belleza.
Tus hojas se llenaban de polvo y de humedad,
de buenos recuerdos y de tristeza.
Si te abrieran el día de hoy,
blancas serían tus páginas.
Ya no serías libro, -Narciso-,
serías libreta.


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