Nada es para siempre.

Andrés salía a pasear en los días rojos y amarillos, sólo en esos días. En los días azules y grises prefería quedarse en casa. Hechos los planes y trazada la ruta se echaba a nadar entre las calles que eran ríos. Le gustaba seguir a los autobuses -especialmente a la ruta 7-, también seguía a otros peces raros. Los seguía hasta el final del camino y hasta el final del día. Caminaba aprisa porque había olas altas afuera, olas y espuma, alientos y suspiros. Los domingos corría en los bosques de eucalipto y de lavanda embriagándose de su aroma. Cada vez que le era posible visitaba parques públicos, centros comerciales, atrios y aeropuertos pues ver a la gente -en especial las grandes multitudes- era su actividad favorita. Por las noches se echaba a rodar en los jardines de rosas como un niño, destrozándolas y destrozándose. 

Olvídate de mi, me dijo.

Ya nada importa. Nada es para siempre.

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