Carne de mis ojos.

Al final, ya sólo eras fogata
encendida por error
en medio de un bosque
caducifolio y nervioso.

En tu ombligo, vasija de emociones:
un corazón de oro, una espina y una hoja de mandrágora
se fundían, creando una mezcla espesa como la miel
y brillante,
como la miel
y dorada,
también como la miel.

Descubrí entonces que eras la carne de mis ojos,
el músculo de mi lengua,
el cartílago de mis orejas y nariz.

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